Epifanio Leyva, ex boxeador y actual propietario de una de las pulquerías más famosas de México, nos platica su travesía del cuadrilátero a las barricas del oro blanco.

Al llegar a la barra, preguntamos por don “Pifas”, asegurando haber confirmado previa cita. Después de algunos minutos, nos pasaron tras bambalinas, cerca de donde se hace la magia pulquera. De una desapercibida puerta, que conduce a la oficina general, salió lentamente el dueño de la pulquería, recibiéndonos con tal cordialidad, como si se tratara de uno de sus viejos amigos o clientes asiduos.

Pulquero por accidente

¿Desde cuándo trabaja en el ámbito del pulque?

“A partir del año 1958”.

¿Cuál fue su primer acercamiento con este trabajo?

“Cuando me retiré del box, me reunía con unos amigos boxeadores en una pulquería que se llamaba la Rosita, estaba en la colonia Santa María la Ribera. Me hice cliente asiduo de ese lugar.

“En una ocasión el dueño me dijo que debía, que iba a su casa y no se tardaba en regresar, porque su esposa estaba enferma. Resultó que el señor no llegó en tres días, así que me debí quedar. Como iba yo diario, ya sabía cómo despachar.

“Cuando regresó me dijo: `ya quédate a trabajar conmigo´. Entonces el señor me agarró confianza y me quedé a trabajar con él”.

¿Cuándo adquirió La Hija de los Apaches?

“Empecé a trabajar desde 1970 en la Hija. Del 70 hasta hace seis años (2010), que el señor cerró el negocio,  me debí movilizar aparte. Desde entonces tomé la rienda como propietario”.

¿Cómo fue la transición del mundo del box al del pulque? ¿Le afectó?


“El pulque no lo he dejado, siempre lo he exhortado, que es la bebida más pura, más sana que cualquier otra”.


“Realmente no fue un cambio, yo siempre estaba en la pulquería. Ese era mi ambiente. Después del box entré como agente vendedor, pero como todos sabían que trabajaba ahí, en vez de buscar a los clientes, ellos me iban a ver ahí”.

Después del retiro, ya en el ámbito de la pulquería ¿intentó seguir dentro del boxeo? ¿Como entrenador o asistiendo a las funciones?

“Después de que me retiré, daba exhibiciones. Eran cinco al año: en Reynosa, Laredo, Guadalajara, Monterrey y San Luís Potosí. Hasta la fecha no lo he dejado. Ahora ya las peleas no me aguantan, pero hace… ¿unos 10 años? todavía daba exhibiciones. Yo fui un miembro de la Asociación Mundial de Boxeo, fui vicepresidente”.

Primer round

¿Cómo llegó al mundo del box?

Foto: José Ferrer. Curado de avena, acompañado con canela. Sabor favorito de la casa.

“Yo me crié en un barrio bravo, en Santa María la Ribera. Ahí debías fajarte porque si no te agarraban de puerquito. En el barrio había una panadería, el dueño era un señor que se apellidaba Orozco, a él le gustaba ver los pleitos de chavos y cuando observaba que yo me peleaba, me decía: `mira ven, te estás peleando con él, pero vénganse a pelear acá, al que gane le vamos a dar una bolsa de pan de dulce y el que pierda bolillitos´. La mayoría de las veces llevaba pan de dulce a mi casa.

“Cuando entré a estudiar la pre-vocacional, al Poli, un día dando la vuelta a las instalaciones, oí que le estaban pegando al costal, era un señor que después supe que era mánager profesional de box. Estaba de  prefecto en la escuela y le dije: `oiga, qué necesito para que me enseñe´.  Yo peleaba, pero en la calle.  El entrenador me respondió: `Tráete unos tenis, unas vendas y…´ antes se usaba una trusa de nadar, me dijo `tráetela´.

“Representé al Poli tres años consecutivos en los guantes de oro, primero peso pluma, ligero y welter. Entonces me hice profesional, perdiera o ganara me dedicaba al chupe y las viejas”.

¿Hubo alguien que lo apoyara o se abrió el camino solo?

“Fui yo solo. Hace poco dejé la vicepresidencia de la Asociación Mundial de Boxeo, porque también vi una porquería con el presidente, no era derecho. La verdad yo ignoraba qué pasaba con la tesorería”.

¿En su época del box, fue remunerado o se dedicaba a otra cosa?

“No, el box yo lo agarré porque me gustaba, no por lo que me pagaran. En los guantes de oro, al final de las peleas, te daban cinco pesos. Los promotores de ese tiempo, de eso se agarraban, se hinchaban de feria. Entraba dinero y te daban mil pesos, por decir, pero era para que te dieran más, porque se llenaban las arenas. Aunque era poco lo que cobraban (en las entradas) pero al final sí salía para que te dieran tres mil”.


“…el box yo lo agarré porque me gustaba, no por lo que me pagaran”.


¿Cuál fue su pelea más significativa?

“Dentro del amateur, peleé con el “Jefe”, Ernesto Figueroa. Él ya venía de pelear de unos Juegos Panamericanos, había traído medalla de oro. Yo peleé con él en el Parque Calles, me ganó porque él era un profesional, yo estaba de amateur.

“Ya como profesional tuve una pelea con Rud Jiménez, un peso welter que tenía de puño un pedazo así (señala su mano con dos dedos extra de ancho). Con la venda, se le hizo una pinche manota más cabrona, le debieron cortar al guante para meterle la mano. Por estarme cuidando de un bolado, no me lancé. Me anduve con precaución, y pues me ganó, pero a la siguiente pelea me di cuenta que era torpe y le gané”.

¿Qué recuerdo significativo tiene de cuando se reunía con sus amigos en la pulquería?

“Cuando platicábamos de las peleas en los Guantes de Oro. Nos juntábamos peleadores de mi tiempo, así empezamos a hacer el grupo para recordar. Todos los jueves hacíamos una botana. Primero éramos cuatro, después llenábamos una mesa larga de todos los ex boxeadores para convivir ahí”.

Agua de las verdes matas

Resumiendo en tres palabras su vida en el box y la pulquería, ¿cuáles serían?

“Box y pulque. Cuando trabajaba en la pulquería viejita, que estaba ahí en Cuauhtémoc, vendía 10 barricas diarias de 250 litros. Después vino una crisis y bajaron un 95% las ventas, solo vendía como 25 litros.

“Era enemigo de que bebieran cerveza adentro de la pulquería y menos vino. `Órale, a la chingada, a tomar allá afuera, aquí puro pulque´, decía. Cuando vino la crisis,  hacíamos la limpieza y veía debajo de las mesas las botellas de cerveza y pensaba: `va a venir un inspector, me va a multar, pues mejor las vendo yo´. Fue como empecé a meter la cerveza, porque me ayudaba para pagar la renta, y hasta la fecha.

“El pulque no lo he dejado, siempre lo he exhortado, que es la bebida más pura, más sana que cualquier otra. Nadie se preocupó por hacerle propaganda más que su servidor. Ahí está, los jóvenes vienen a tomar pulque. Esta bebida no admite una porquería porque se corta, si al pulque no lo fermentas con azúcar o agua miel, se corta, se aguada”.

Foto: José Ferrer. “Gracias a Dios, mi mamá me puso ese nombre. Sin él, no hubiera sido tan famoso”.

¿Cómo se siente al realizar este trabajo con el pulque?

“Me siento bien, no importante. Para mí es un lugar cultural (La Hija de los Apaches).  A los chavos que necesitan un espacio para tocar, yo se los doy. Aquí vienen y no se les exige que tomen o paguen un cover, ni que se consuma cerveza a huevo.

“Han hecho presentaciones de libros, entre ellos Armando Jiménez, Ricardo Monreal y Martí Batres,  este último presentó uno sobre delincuencia y adicciones. También hay exhibiciones de discos. Han venido grupos como los Caligaris, los Kachiporros, la Maskatesta, Charly Montana, Eddie y los Grasosos,  Triciclus Circus Band, los Victorios, y la Tremenda Korte”.

¿Qué significa para usted la tradición del pulque?

“El pulque es una bebida que no debe desaparecer, porque al decir pulque piensas que es México”.

¿Por qué “Pifas”?

“No es apodo, es cariño. Yo me llamo Epifanio Leyva Ortega, matador de reses bravas y uno que otro cabrón.  El nombre ya está ligado a la Hija (la pulquería). Decir, `vamos con el «Pifas»´, es ir a la Hija de los Apaches. Si pudiera abrir otra pulquería, le pondría así”.

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