“¡Quiúbole cuate! ¿Qué te doy?” Es como saluda a sus clientes Luis Díaz, tamalero de 45 años, quien todos los días vende sus delicias a las afueras de la FES Aragón. Hoy nos cuenta su historia.

Por Luis Bocanegra y Diana Gómez

Eran 7:30. Nada, estábamos a punto de regresar desangelados cuando a lo lejos vimos un triciclo azul. “¿Será él?” En efecto, era nuestro entrevistado, quien había llegado retrasado a la verbena.

Saludamos, y en cuanto accedió a iniciar con la entrevista, decidimos dar rienda suelta a la charla, interrumpida únicamente por los clientes que comenzaban a llegar.

Dígame, ¿de dónde es usted?

“Estado de México, Toluca”.

¿Cómo llegó aquí a la ciudad?

“Me vine a los 13 años, porque éramos nueve hermanos y ya no alcanzaba”.

Antes de continuar con su vida, ¿cómo era de niño?

“Era un despapaye, mi papá era muy exigente. Por las noches él trabajaba en una fábrica y en las madrugadas, cuando llegaba, nos preguntaba si ya habíamos hecho la tarea y si no, nos levantaba a hacerla. A veces la acababa a las 7 am y yo entraba a las 8.

“Otras veces, si los animales no tenían pastura, aunque lloviera, ¡córrele! A cortar pastura”.

Usted ¿es el mayor o el menor de sus hermanos?

“El mayor de los hombres, no sé cómo mi papá le hacía (para mantenerlos). Éramos cinco en ese entonces, mi papá nos decía que anotáramos en un papelito lo que necesitáramos y ¡de volada lo iba a comprar! Antes sí rendía el dinero” —nos decía con cierto aire de nostalgia mientras atendía al primero de sus clientes—.

Ahora bien. Cuando llegó a la ciudad, ¿en qué trabajaba?

“Estuve trabajando en una abarrotera en la Morelos, como en el 87. Aguanté 15 años ahí, luego trabajé de lo mismo en la Providencia, Casas Alemán y finalmente en la Campestre Aragón.

Imagínate, [la jornada era] de 7 a.m. a 10 p.m. Un día de descanso entre semana nada más y no me daban prestaciones. Ni Seguro [Social] ni nada”.

Al principio ni sabían hacer tamales

Entonces un buen día se cansó y empezó el negocio de tamales.

“La cuestión fue que cuando vivía en Casas Alemán mi ex patrón también vendía tamales, y como yo vivía en su casa, le ayudaba a hacerlos o los vendía afuera del negocio [de abarrotes]. De eso ya hace 14 años, cuando conocí a mi esposa ¡No sabíamos hacer tamales!”—ríe nerviosamente—.

¿Qué fue lo más difícil para empezar a prepáralos?

“Batir. Batir a mano. Son como 15 kg de harina. Está pesado”.

Entonces dijo vamos a vender los tamales afuera de la ENEP.

“Sí, [en] la base—observa hacia la base de taxis a unos metros enfrente—y aquí seguimos.

“Empecé a vender en el 2000 cuando fue el paro y había clases extramuros en la calle de Hacienda Solís. Ahí me decían los estudiantes: ‘vente para acá’ (a la FES) y me vine”.

¿Y cómo eran los alrededores en aquél entonces?

“Pues no había nada de bares ni negocios, era el único”.

“Ocho pa’ los cuates”­—le dijo enseguida a un joven que le compró cigarros­—.

A ver cuénteme ¿Cómo que no había bares? ¿Eran sólo casas u otro tipo de comercios?

“Te digo que no había nada. Los bares tienen unos…—piensa brevemente­—cinco o siete años. Antes na’ más (sic) había uno, creo que era El Hospital, pero abrieron bastantes desde que hicieron la entrada [de Bosques de África]. Ha cambiado mucho, ya hay muertos en los bares, prostitución…”.

En verdad ha cambiado mucho. Platíquenos, ¿cómo es un día normal? Desde que se levanta hasta que se acaba el último tamal y se regresa a su casa.

“Me levanto al cuarto para las 5 de la mañana de su casa, le prendo a los tamales; me meto a bañar [y] a las seis y media empiezo a abrir mi otro negocio (de tamales, uno fijo). Y[ahí] empiezo a cargar mi triciclo, llego al Oxxo de Rancho Seco al 20 para las 7, y [estoy] de 7 a 11.

“Después me regreso, llevo a mi hijo a la escuela y me voy a surtir.

Para las 3 de la tarde empiezo a hacer los tamales de la noche; a las 6 me voy por mi hijo a la escuela. Regreso, cargo mi triciclo y me vengo. Aquí llego7 o 7:30 pm, estoy de 7 a 10.

“Así es la rutina de todos los días. Después, ¡a hacer tamales! [para el día siguiente], acabo a las 11 y media”.

¿sábados y domingos también vende?

“También. Nada más descanso cuando salimos, una semanita”.

¿Cómo cuantos tamales hace diario?

­­—Después de dudar un poco— “Como unos 180 o 200 diarios en total. Hago de verde, rajas, mole y dulce (de piña y pasas)”.

Tomando en cuenta la inseguridad de la que hablaba ¿lo han agredido alguna vez?

“Una vez vino un chavo, ¡me pidió como 20 tamales! Me dijo ‘Si quieres te pago’ (traía un billete de 200) y le respondí ´Te despacho y luego me pagas´. Cuando terminé y le di los tamales, me preguntó: ‘¿y mi cambio?’, ‘¿cuál? ¡Si ni me has pagado!’

“Él estaba aferrado a su cambio y amenazó con traer a su banda, le dije que de todas formas había cámaras, ya como que le pensó y se fue [diciendo]: ‘vas a ver. Ahorita regresó’. ‘Aquí te espero’ le dije. Ya jamás regreso”—todos reímos­—.

¿En invierno o verano? ¿Cuándo vende más?

“Empieza la venta desde septiembre, hasta abril baja un poquito, por la calor (sic)”.


“[Hacemos] como unos 180 o 200 [tamales] diarios en total. Hago de verde, rajas, mole y dulce (de piña y pasas)”.


¿Y el atole? ¿Lo hace usted todo o lo prepara con maicena?

“Todo natural. Hago de galleta, champurrado, fresa, nuez, coco, vainilla, guayaba, arroz con leche, cajeta… pero no los traigo todos. Por ejemplo, para el de guayaba con 1 kg., te alcanza para 10 hechas [porque] sólo le echas 3 o 4, si no se corta. Manejamos la leche Nido, es la que más rinde”.

Por eso sale el atole espeso.

“¡Ándale!, espesito. Porque hay unos que trabajan la leche que venden en los molinos, la compran ya de sabor, pero sale atole bien aguado. Si hace uno eso, se quema uno solo y ya acostumbré a mi clientela a esa sazón, y así nos seguimos, porque sé que sí se vende, poquito, pero se vende”—nos dijo orgullosamente—.

¿Nunca le dio por preparar algún nuevo sabor, algo no tan tradicional como lo que vende?

“Me han dicho, pero no me animo, sólo hago oaxaqueños por pedido.

Le gustaría seguir estudiando

¿Y a su hijo no le llama la atención hacer tamales?

“Sí, él es muy flojito para estudiar. Luego me dice ‘¿para qué estudio? si voy a ser tamalero’ y aunque le digo que él va a venir a la FES a estudiar me responde que cuando tenga 15 (tiene 11 años) me va a ayudar a vender”.

A todo esto, ¿a usted le habría gustado seguir estudiando?

“Me gustaría, pero es que no tengo tiempo. Aunque me hubiera gustado ser contador o ingeniero…—duda y piensa— civil. ¿Saben? Me hubiera gustado ser albañil, allá en Tijuana ganan como siete mil pesos a la semana”.

Pues pagan hasta en dólares yo creo.

“Sí… que ya está en 20 [pesos]. [De hecho] como tengo la visa me ha pasado por la cabeza irme al otro lado. Me estaba diciendo mi sobrino que ya van a trabajar en madrugadas; hay mucho trabajo ahorita allá. Pero mi hijo no me dejaría ir, no me deja ir”.

Hay que aprender a vivir con lo que se tiene

Pues cuando su hijo tenga 15 o 18 podría hacerlo.

¿Viviremos? —ríe—Es que hace dos años, en diciembre, nos fuimos a Puebla, había un cuate que me molestaba y como no desquité mi coraje, se me subió el azúcar. Y [al día siguiente] como a las 4 de la tarde, me fui a surtir con mi esposa para año nuevo, ¿y qué creen? ¡ya no veía yo de aquí al poste!, ¡y de día! Como que mis ojos estaban bien nublados.

“‘¿Qué tengo? ¿Será la desvelada?’, no sabía. Me daba mucha sed, y a cada rato del uno, como cada media hora”.

Como la diabetes…

“De hecho. A la mañana siguiente fuimos al doctor y traía 380 de azúcar, ¡380!, la bajó enseguida…y el doctor me dijo: ‘vete a que te hagan unos estudios’, de todo.

“Durante dos meses [de tratamiento] bajé como 15 kilos… y sí me aliviané…ahora me checo el azúcar, y me sale de 100, ya está controlada. Lo que me estoy tomando es la Mepromina”.

Entonces ¿ya es usted diabético?

Aunque diga que no, pero si ya estás tomando la Mepromina, ya, porque es de por vida. Esa es otra razón por la cual no me he aventado a irme al otro lado”.

Y ya, por último, ¿nos da un tamal de dulce?

“¿Piña o pasas?”

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