Tacuba 64, apenas se distingue al paso del medio día. Una pequeña puerta que pasa complemente desapercibida, como muchas de las estructuras coloniales del Centro Histórico. Al llegar el ocaso del sol, cuando la penumbra de la noche solamente es desafiada por las escasas lámparas del alumbrado público, es cuando comienza la sinergia en el lugar, para preparar la arribada de la hermandad.

Foto: Alexa Rios

Una vez abiertas las puertas del “consulado” de la música jamaiquina, el personal del lugar comienza a registrar que no lleves contigo artículos que puedan causar desorden público, para posteriormente conducirte a pagar tu entrada, pero claro ante tal procedimiento cotidiano a la entrada de cualquier bar, el saludo fraternal es lo primero, como de aquellos amigos que se vuelven a ver, después de una semana de ausencia.

A lo largo del estrecho pasillo, se encuentra una estructura de lo que posiblemente fue una casa. En los primeros metros, pudo haber estado un recibidor para visitas, ahora se encuentra la paquetería, con la intensión de no tener impedimento alguno para bailar.

La arquitectura corresponde completamente a un hogar. La que pudo ser una sala de invitados al fondo, ahora es un escenario. Las escaleras conducen a una serie de habitaciones, nada fuera de lo común de aquellas casas virreinales. Sin embargo, por más curioso que pueda sonar, no desencaja en ningún momento esta estructura con el que albergue un sitio para la hermandad rastafari. “Eso es para nosotros, nuestra casa, nuestro hogar. Cada vez que alguien se va y regresa a la siguiente semana, es como si retornara a su lugar de origen”, aseguro Pedro, quien ha laborado por más de 10 años en ese lugar.

Hay un pequeño escenario al fondo de la planta baja, donde algunas veces hay desde un DJ hasta un artista vocal prestándose, aunque los servicios no acaban ahí. Hay distintas prestaciones musicales en cada uno de los pisos, donde al recorrer pacíficamente el lugar, es como deambular en una fiesta que ha ofrecido un amigo del grupo.

No importa de donde vengas o cómo te presentes, siempre serás bien recibido, con la condición de que se arribe con una actitud de conocer algo distinto o la intensión de divertirse y bailar. El primer plano del recibidor, conduce directamente a un viaje por la sabana, donde el amarillo intenso de las paredes transporta el calor africano, clima perfecto para el guardián; el enorme león, postrado sobre el muro superior, vigilando que todo marche en orden en su comunidad.

Después de acercarse a la barra, que se multiplica en casi todos los cuartos del lugar, te conduces con un cerveza, en

Foto: Alexa Ríos.

un vaso para capacidad de un litro, a la planta superior. Mientras vas desafiando las escaleras, a las espaldas la frase: “Algo bueno de la música reggae es que cuando te golpea no sientes dolor” de Bob Marley se encarga de recordarte que haz llegado a casa.

Aún ronda el fantasma de lo que era el Cultural Roots (hoy Salón Calavera), para los clientes más asiduos y que vieron nacer a dicho lugar, siguen refiriéndose a él como lo conocieron. Ante el primer cuarto que se topa, se encuentra plasmada en la pared la blancura de los huesos de una mujer con un contraste de colores vivos, que asemejan un fuerte dinamismo de una muerte muy viva.

Con conforme recorres cada uno de los pasillos, que conducen a habitaciones que no tenías idea que existieran, rosas hombro con hombro, tal vez involuntariamente empujas a quien tienes enfrente, pero no es motivo de agresión, simplemente se cruzan las miradas  y cada quien continúa su camino, porque en la comunidad nadie tiene problemas con nadie.

Tras la alta desinhibición de la mayoría, se pudiera pensar es por el alto grado del alcohol, pero al rectificar el aparente estado de los que están bailando, es claro que solo están hipnotizados por los acordes caribeños que escapan de las esquinas.

Si es tu primera visita, la sorpresa no se encuentra al observar a quienes trae rastas, simplemente la hermandad reúne a ciudadanos del mundo. No importa si sabes hablar español o mides más del promedio mexicano y tengas impregnada la brillante noche sobre la piel, el sentimiento fraternal  se puede respirar en las esporas del aire.

Baila, platica, bebe, vive. Solo es necesario estar dispuesto a conectarse con el mundo, para poder explotar tus sentidos, mientras viajan a la caída de la madrugada.

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