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El alcohol y un DJ malo es pésima combinación.

En la idiosincrasia mexicana, las fiestas son motivo de despilfarro y exuberancia. Tanto en las comunidades rurales, así como en las clases populares y medias, es común “tirar la casa por la ventana” al momento de una celebración que marca pauta para esa familia; desde una boda, XV años, bautizo, entre otros. Estos viejos rituales sociales, que comenzaron con un significado estrictamente religioso, algunas veces se han convertido en un pretexto perfecto para ofrecer  la mejor de las fiesta.

Desde una carpa sobre la avenida o un salón de fiestas, cuenta con elementos que son trascendentales para llevar a cabo la festividad. El color es sumamente importante, los adornos que cuelgan sobre las paredes, los centros de mesa con las flores recién traídas del Jamaica, las mejores garras sobre la mesa que combinan a la perfección con el festejado (@/@s) y por su puesto, el maravilloso conjunto o sonido que dirigirá la velada.

Sí hay un poco de motivación para esas fiestas, de acuerdo al criterio de algunos, son las últimas hora de ese día. Posterior a soportar una misa que parece nunca acabar, esperando el momento de estrecharnos las manos y salir en paz, continuamos con la recepción en el salón, donde el primer paso del itinerario es continuar con la ceremonia social, ya sea desde el famoso brindis hasta aventar el ramo. La comida no siempre es la estrella, ese terrible cliché de sopa fría y cerdo en algún intento de salsa roja sigue invadiendo los menú de esas celebraciones, a excepción que hablemos de platillos gourmet, que generalmente abundan en fiestas de otro tipo de estratos, que en este caso la mención o inclusión de ellas queda muy lejana.

Una vez pensado que no hay otro pendiente aburrido en la lista de aquella fiesta, le compensan a los asistentes al rededor de tres horas de diversión, a cambio de más de un cuarto de día para presenciar un arcaico ritual. Poco antes de que se llegue al ocaso de la celebración, el grupo musical decide manipular a los pobres valientes sobre la pista y doblegando la moral de los ebrios que están sentado, con el argumento de no dejar sol@( @s) al rey de la noche. Es entonces cuando aquellos tragos, que en algún momento sirvieron para demostrar la convicción de la presencia, traicionan apoderando en muchos el clásico valemadrismo que los orilla al centro de la pista y una fuerte resaca posterior.

El siguiente compilado reúne las terribles etapas de una batucada, donde los presurosos meseros se dispersan sobre la pista buscando quién les reciba su material festivo del Mercado de Sonora.

1.- El payaso del rodeo y No rompas más – Caballo Dorado.

Indudablemente los 90 nos dejaron herencias muy desagradables, entre ellas este clásico para las fiestas, donde las tías son las promotoras de este baile. Generalmente este el detonante para que comience el remix musical, donde no hay más zapatillas del número 10, solo mujeres descalzas o con pantuflas improvisadas.

2.- Levantando las manos – El símbolo.

Posterior a la efímera explosión del merengue, hubo piezas como esta, con la esperanza de tener un último rayo de vida en le clímax de las fiestas.

3.- 1, 2, 3 – El símbolo.

Este conjunto no dejó de pervertir a esa indefensa generación, rezagos del siglo pasado.

4.- De reversa, mami – El símbolo.

¿Qué estamos pagando? =(

5.-  Sigan al líder – S.B.S.

6.- Disco samba – Two Man Sound y I will survive – Gloria Gaynor.

Aquellos tíos que intentan revivir su gloria estilo Andrómeda o Polimarch, se declaran los expertos en la clínicas de baile de música disco.

7.- Cualquiera de tex-mex, duranguense o mezclas extrañas de ese tipo.

Si de plano la fiesta estuvo para desbaratar el galvanizado o relucir el cobre, estas vergüenzas no puede faltar.

 

La mayoría de estas piezas musicales están por descontinuarse, sin embargo hay quienes insisten en revivir esos terribles fantasmas musicales. También es ineludible que hay nuevas canciones que las suplen, sin embargo no perduran tanto, como el rápido viaje del taxi.

Una gran mayoría ha sido víctima de esa terrible ola manipuladora, quien no las haya bailando alguna vez (aunque sea por equivocación) que arroje la primera piedra.

 

 

 

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